martes, 27 de octubre de 2009

EL SOL Y LA LUNA

En el génesis la luz y las tinieblas se confundían entre ellas. La Luna y el Sol vivían juntos y se amaban eternamente. Su morena tez dorada iluminaba la pálida faz de su amada y ella le adornaba cariñosamente la frente con coronas de estrellas que sacaba del cielo. Un día Dios quiso crear en la tierra un hogar para el hombre, y se dio cuenta que no podía convivir este ser entre luces y obscuridades porque tendría mucho que hacer y también necesitaría descansar. Entonces como su voluntad era in-obedecible, pues era dios lleno de sabiduría debía separarlos. Pero había algo que Dios no sabía, y era que el Sol y la Luna se habían casado en secreto y lo habían callado, pues, si estaban solos en la tormenta y dios los había creado, qué importaba que se amaran si siempre iban a estar existiendo ahí. Pero no se opusieron, pues no podían rebatir al padre como buenos hijos que eran. Y así, nació el día y la noche. El imperio del Sol y de la Luna.

Pasaron los días, los años, los siglos, y el Sol y la Luna no podían verse, no podían hablarse, no podían besarse. Y era inútil querer esperar al amanecer, como inútil era esperar el anochecer. Apenas se asomaba el alba todo se desvanecía. Qué pena señores el destino de quien ama y sabe que tiene una obligación mayor! Tan pálida que se volvía cada noche. Tan pequeña o enfermiza se ponía por su pena. Cada amanecer al ver el pequeño destello que se asomaba por la montaña suspiraba, entre tristeza y alegría, y de sus ojos pequeñas lágrimas caían sobre las flores y los humanos lo llamaron rocío. Se rellenaban las copas florales de ese vino lacrimoso, el mismo vino con el que cada mañana se emborrachaba el Sol para no sufrir por su amada.

Cuántas veces olvidé decirte que te amo? Cuántas veces me creí dueño de este tiempo, de este lugar, de que tus caricias siempre estarían en mis mejillas? Y seguía balbuceando mientras disparaba sus rayos a cada hogar para levantar a los humanos. A veces se le salían lágrimas y, como el Sol contiene altas temperaturas, se le evaporaban y se convertían en nubes.

A lo lejos, en un atardecer el Sol creyó ver la Luna , y ella también creyó verlo y sus lágrimas se hicieron arreboles fucsia y en la noche brilló una gran esfera dorada. Al parecer habían sonreído.

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