Se destruyeron las cadenas, se abalanzó sobre el charco de agua y bebió todo lo que pudo. Qué extraña sensación sentía dentro de sí, era como si ese líquido le quemara del esófago al estómago y peor aun sería si sentía ganas de evacuar. Caminó con dolor hasta una calle donde había un vitrina e intentó verse en el reflejo del cristal, pero no pudo ver nada, era imposible a esa hora de la noche, hora en que con suerte la luna se atrevía a aparecerse en esos callejones malditos de la cuidad. Pero no se detuvo y buscó un poco de luz para ver si por lo menos en otro charco podría vislumbrar su figura. Paró bajo un farol que iluminaba furiosamente una posa, se miró y no podía creer lo que sus ojos le mostraban: pálidos pómulos se destacaban en su rostro, ojos y labios inyectados en sangre eran ahora sus nuevas facciones; -. Algo raro me sucede.- pensó Ángel,-. Qué ha ocurrido conmigo?, por qué el agua me hierve en la garganta?-. Se llevó las mano al rostro sin dejar de espantarse por la imagen que parecía burlarse de él desde el agua, horror sentía y como si la maldita situación se lo aconsejase, pasose la mano por el cuello y sintió dos pequeñas costras paralelas, como de tres o dos centímetros y medio de distancia.
Había escuchado de historias sobre hombres-murciélagos en la ciudad, pero él era escéptico frente a esas creencias. Había visto varias veces a un hombre vagar por las esquinas y los callejones sin salida acompañado de otro hombre más pequeño trasladando grandes bolsas de contenido misterioso, y había escuchado también de muchos casos de hombres y mujeres encontrados en casas abandonadas con marcas similares a las suyas en el cuello y otras partes del cuerpo, atados a las murallas con cadenas, cadenas como las que él tuvo que safarse para escapar. Dónde estaba?, nunca supo cómo llegó allí, ahora había descubierto que era un sobreviviente, pero un eterno sobreviviente de la noche...
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